Con el otoño llega puntualmente un debate estacional: la caza. A los argumentos esgrimidos por el amplio y creciente grupo de detractores, los aficinados al ocio cinegético siempre oponen el argumento de que practicar la caza con mesura y consideración, lejos de dañar al entorno natural, contribuye al equilibrio ecológico del mismo. Los desmanes que a veces se aprecian en montes y campos son obra de un grupo reducido de energúmenos que lejos de poder ser denominados con el honorable término de cazadores, merecen el apelativo de escopeteros. Y claro, los cazadores abundan en el debate, pero la de los escopeteros, es una especie que sólo se conoce de oídas.
Pues algo parecido ocurre al debatir la cuestión de la función pública cuando de manera no estacional pero sí periódica algún informe o artículo en los medios aborda el tema. Inevitablemente los argumentos de aquellos que defienden la profesionalidad e implicación de los funcionarios me recuerdan a los que esgrimen los cazadores. Recientemente el diario El País publicó un artículo relativo a la función pública. El mayor debate que provocó se refería al creciente, según el artículo, número de funcionarios, algo recurrente en otros artículos e informes, cuestión a la que plumas como la de Vicenc Navarro en el diario Público dieron cumplida réplica.
No obstante lo que a mí me llamó más la atención del artículo en cuestión no fueron las menciones al número de funcionarios, sino las referencias a la imposibilidad de evaluar el desempeño de éstos: Ser más o menos productivo no tiene consecuencias - El reto es evaluar al funcionario. Aquí si veo yo un problema grave y es aquí donde aparecen los cazadores. En diversas réplicas blogosféricas y sus correspondientes comentarios, el acento se pone en la defensa de la profesionalidad e implicación de los funcionarios cuando se les permite trabajar en condiciones de libertad y confianza. De alguna forma se viene a decir que el problema no son los propios funcionarios sino un entorno de trabajo que no facilita la implicación y la productividad. Creo que tienen razón en la segundo afirmación pero no en la primera.
A lo largo de mi trabajo en las Administraciones Públicas he podido constatar que hay muchos trabajadores comprometidos con su función y con la mejora de ésta. Pero también los hay de otros tipos. No me refiero al clásico indolente e irresponsable de los chistes de Forges. De éstos quizás haya: en todas partes hay gente así. Me refiero más bien a personas que son en términos generales competentes en sus puestos de trabajo, que desempeñan su trabajo con corrección. Pero desconfían por sistema de los cambios, son reticentes a aportar los esfuerzos añadidos que requieren las transformaciones y tienden por naturaleza a evitar cualquier tipo de conflicto que altere su tranquilidad. Su trabajo ordinario sale adelante, pero no facilitan la mejora, modernización e innovación.
Y el problema de la actual función pública es que es muy difícil recompensar a trabajadores y directivos competentes y comprometidos con la mejora de su actividad porque no existen las herramientas adecuadas para evaluar el desempeño y actuar en consecuencia. En algún post o comentario se mencionaba la posibilidad de abrir una expediente sancionador para corregir determinadas actitudes. A mi modo de ver ésta es una herramienta para casos extremos que no sirve para afrontar el problema principal: desempeño correcto, implicación mínima.
También he leído un argumento que me ha inquietado. Es el que dice que una evaluación del desempeño eficiente siempre pasa por un factor de apreciación personal, subjetivo. Pero el problema no es ese, el problema estriba en que en última instancia esa apreciación subjetiva estaría en manos de responsables políticos. Este argumento responde a un estereotipo de los políticos tan injusto como el que tilda a todos los funcionarios de irresponsables e indolentes. Es muy triste ver estos reproches, también los he escuchado en sentido contrario, entre personas pertenecientes a colectivos condenados a trabajar estrechamente por el bien común.
Y sin quitar responsabilidad a los cargos políticos en el mantenimiento de la actual situación de la función pública, alguna tienen también los funcionarios, habida cuenta de que es el miedo a su reacción, a la conflictividad social que pudiera generar, una de las grandes barreras para que los primeros introduzcan cambios significativos y necesarios en esta materia.
Por este motivo, las opiniones de algunos trabajadores y directivos públicos que he leído en algunos blogs me han decepcionado porque desisten de asumir ninguna responsabilidad y por su falta de autocrítica. A diferencia del entorno natural que es necesario conservar frente a la actuación de muchos cazadores, el entorno de la función pública necesita una transformación profunda, que es impensable sin la implicación y el compromiso de los funcionarios.
martes 23 de febrero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

Mi experiencia es que los funcionarios se parecen bastante al resto de los mortales. Responden favorablemente a propuestas razonables y procuran protegerse ante cambios que no ven claros. Por eso, desde mi punto de vista, si queremos transformar la Administración necesitamos dos cosas: elaborar propuestas razonables y ser capaces de comunicarlas bien. En este segundo punto, si incorporamos a los funcionarios en la elaboración de las propuestas tendremos mucho terreno ganado. Pero ya digo, no creo que el comportamiento y los estímulos de los funcionarios difieran mucho del resto de los mortales. Eso sí, aquí también funciona la campana de Gauss y hay algunos que salen por los extremos, pero afortunadamente no son la mayoría.
ResponderSuprimir@Iñaki ¡Nada más lejos de mi intención que tratar a los funcionarios como extraterrestres! Todo lo contrario: creo que las pautas de conducta de una sociedad se reflejan en todos sus componentes ya sean funcionarios, políticos, trabajadores del metal o padres separados. Lo que sí cambia es el entorno en el que se desenvuelve cada colectivo. Por eso es tan importante la función pública.
ResponderSuprimirLa gente que trabaja en el ámbito de la calidad sabe que la distribución normal adopta este nombre por su universalidad. Pero también sabe que lo realmente importante no es tanto la forma en sí, sino como encaja dentro de las tolerancias: si dentro de éstas caben 3 sigma, 4 o 6. Y saben que es necesario un procedimiento riguroso de medición, identificación de problemas y actuación para "estrechar una campana". De eso exactamente estamos hablando: evaluación del desempeño y actuación consecuente.
No sólo es necesario presentar a los funcionarios planteamientos razonables y comunicarlos adecuadamente: es imprescindible. Y por eso, entre muchos otros motivos, es mejor hacerlo pronto que tarde, no sea que nos lo hagan desde fuera (UE) con planteamientos dogmáticos, como hace poco alertó @AndresNin (disculpa, pero no encuentro el post).
uppsss.... había escrito un comentario bastante extenso, pero falló la identificación y perdí el texto...:-S
ResponderSuprimirNo he tenido oportunidad (tiempo) de leer el artículo de El País, ni la réplica de Público, pero creo que la referencia a la imposibilidad de evaluar el desempeño de los funcionarios está quizás un poco desfasada. Sí que es posible evaluar el desempeño de los funcionarios, de hecho el Estatuto Básico del Empleado Público (Ley 7/2007), dedica su artículo 20 precisamente a la evaluación del desempeño. Ya hay algunos ejemplos de aplicación de este instrumento, como el que nos presentaba hace algún tiempo Antonio Arias, el caso de la Diputación Provincial de Jaén a través del Plan ETicQ@ (que tuve la oportunidad de conocer) o el que más directamente conozco, el de las Universidades Públicas Andaluzas. En este último caso, la evaluación del desempeño es el escalafón final de todo un conjunto de medidas orientadas a la mejora de la productividad y calidad de los servicios (ya lo presentaba como un posible remedio al daño profesional que puede provocar la Administración).
ResponderSuprimirEs cierto que no es extraño encontrar personas en la Administración que desconfían por sistema de los cambios y que se resisten a aportar los esfuerzos añadidos que requieren las transformaciones, pero coincido con Iñaki, en los casos que conozco el principal problema deriva de la incapacidad de los dirigentes de elaborar propuestas razonables y de comunicarlas bien (que de por otra parte es lógico: no se puede comunicar lo incomunicable, pues las propuestas son irrazonables). Esto enlaza con lo que comento en mi blog (3er motivo por el que prefiero una Administración profesional vs. una Administración política: los políticos “venden humo”).
¿Por qué hay tanto miedo a la participación activa y directa (sin intermediarios sindicales) del personal en la elaboración de propuestas? Puedo entender que en el pasado se haya actuado así, pero con el universo de herramientas gratuitas o de bajo coste que ofrece la web 2.0 ya no hay excusa para negarse a escuchar y conversar directamente con las personas de la organización.
Cuando lo pienso me siento ridículo. Mientras yo estoy proponiendo instrumentos para conversar activamente con los grupos de interés, la Administración niega por sistema la participación del grupo que quizás más podría aportar: las personas de la propia organización.
@funkziuni El objetivo es precisamente que esas experiencias sean la norma y no la excepción. Los políticos, muy condicionados por sus partidos, aspiran a querer controlarlo todo. Y desde este punto de vista la web 2.0 y sus herramientas son una amenaza. Más aun allí donde ejercen su poder: la Administración Pública. Los más inteligentes y vanguardistas aspiran a proponer canales de participación con la esperanza de que así van a poder controlar ellos este proceso. Pero sabemos que eso no va a funcionar: los participantes son los que imponen los medios y se equivocan los políticos si no lo tienen en cuenta. Sólo hay una manera de desmostrárselo: seguir participando en medios sociales con responsabilidad y visión crítica.
ResponderSuprimirPero no coincido en culpar de todo a los cargos políticos. Los he conocido que saben trabajar con visión y capacidad para llevar adelantes sus ideas modernizadoras. Y también he visto que cuando su impulso desaparece, funcionarios, por otra parte capaces y buenos profesionales, han bloqueado iniciativas de modernización en favor de una visión tradicional de su hacer.
En cualquier caso, graciar por pasarte por aquí y te sigo en tu blog.