sábado 13 de marzo de 2010

Las pirámides del siglo XXI

Imaginemos al arquitecto que dirige las obras de la pirámide de Keops que tras una siesta agitada se despierta y descubre con estupefacción que se encuentra en el siglo XXI. Claro, el no sabe que es el siglo XXI, lo único que sabe es lo que ve: una multitud de ruidosos y humeantes artefactos multicolores que se desplazan por enormes y atestadas avenidas. Su asombro se convierte en horror cuando ve como uno de ellos arrolla a otro más pequeño pero igualmente ruidoso y humeante cuyo jinete acaba por los suelos visiblemente malherido. Cuando pregunta por estos artefactos a su ocasional guía en esta aterradora pesadilla, éste le habla de las grandes posibilidades que ofrecen en cuanto a movilidad y le describe otros cacharros más grandes que pueden transportar a grandes distancias cargas pesadísimas. ¡Cuanto permitirían avanzar en la construcción de la pirámide!. E incluso le habla de otros artefactos que ... vuelan. A pesar de todas las explicaciones, el arquitecto sigue aturdido por el ruido insoportable, el humo que no le deja respirar y un peligro latente de colisiones y atropellos. Cuando al poco rato regresa aliviado a su tiempo, tiene una certeza incuestionable: nada mejor que la tracción animal y humana.

Muchos profesionales que se acercan a los medios sociales experimentan sensaciones parecidas a las del arquitecto del imperio antiguo. Y llegan a similares conclusiones. Al principio no lo acaban de entender bien, pero se obligan a empezar. Al fin y al cabo todo el mundo habla maravillas de estas cosas y no quieren quedar como cavernícolas. A la que preguntan y se interesan, se ven abrumados por la cantidad de herramientas y posibilidades distintas. Cuando empiezan a experimentar descubren íntimamente que ésto no es ninguna panacea. ¡Cuanta morralla! ¡Y a mi qué me importa toda esta cháchara inútil! ¡Lo que cuesta obtener algo interesante! Y a la primera experiencia negativa (llevo ya cuatro entradas y nadie me ha hecho un comentario, menuda bronca ha tenido el Dans en su blog que va a censurar los comentarios), empiezan a tenerlo claro. Y empiezan a sentirse como el niño de la fábula del rey desnudo. Sólo es cuestión de tiempo y oportunidad que muestren claramente su disgusto con las nuevas herramientas y hagan apología de las suyas "de siempre".

Llegados a este punto ¡qué difícil es convencerles de que necesitan experimentar más para comprender e interiorizar las reglas que rigen el uso de estas nuevas herramientas para que realmente resulten de utilidad! Y es que en muchos casos el problema es más grave, en realidad no tiene que ver con las herramientas. Se trata de que en el fondo no creen en la colaboración abierta, en la apertura del conocimiento, en el valor de las aportaciones de la multitud. En realidad no han creído nunca. Y sólo esperan, desean íntimamente, cualquier escusa para reafirmarse en sus profundamente asentadas convicciones. Cuanto antes llegue ésta, menos tiempo perdido.

Si se trata de un profesional independiente o pertenece a una organización poco concienciada sobre la bondad de los medios sociales, que es lo común, aquí se acaba la historia. Por ahora. En el extraño caso de que el desencantado profesional pertenezca a una organización seriamente comprometida con la adopción de medios sociales, pueden ocurrir dos cosas. El primer escenario es que la organización se olvide de él, de momento, y decida avanzar con las personas que muestren una mejor disposición. El segundo escenario, y que posiblemente seguirá al primero, es que la organización, tras una fase de experimentación más o menos informal, haya aprendido lecciones que le permitan aplicar la doctrina de Genís Roca: incluir la utilización de medios sociales en los procedimientos, modelos y estructura organizativa de manera perfectamente reglada.

Porque, en realidad, este es el único lenguaje que entienden, y quieren entender, muchas personas dentro de las organizaciones: el de la normativa y la imposición. Son personas que, en el fondo, prefieren ser sujetos pasivos de los cambios antes que agentes activos de los mismos con capacidad de influir y crear. Esto es lo que hay. Vale tanto para las empresas como para las Administraciones Públicas. Y debemos entenderlo así para poder construir las pirámides del siglo XXI.

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